PASTORALIS MIGRATORUM CURA – CUIDADO PASTORAL A MIGRANTES

Carta Apostólica del Papa Pablo VI en forma de “Motu Propio, Pastoralis Migratorum Cura” sobre la Asistencia Espiritual de los Migrantes

La asistencia pastoral de los migrantes atrajo siempre la maternal solicitud de la Iglesia católica; en efecto, a lo largo de los siglos. Ella jamás dejó de atender con todos los medios a aquellos que, como Cristo, desterrado en Egipto junto con su familia de Nazareth, se han visto obligados a migrar lejos de su patria.

Testimonio preclaro de esta preocupación de la Iglesia es la Constitución Apostólica Exsul Familia publicada por Nuestro Predecesor Pío XII, de venerada memoria, el día 1 de agosto de 1952.

En lo concerniente a esta materia, este documento debe ser considerado como el más importante de los publicados por los Romanos Pontífices hasta la época actual.

Tanto la gravedad como la importancia de este fenómeno no pasaron inadvertidos a los Padres del Concilio Ecuménico Vaticano II. Movidos por el deseo de organizar más adecuadamente y con mayor eficacia la asistencia espiritual de los migrantes, examinaron la cuestión en todos sus aspecto, especialmente desde el punto de vista religioso, por hallarse éste estrechamente unido con el fin específico de la Iglesia: procurar principalmente la salvación de las almas.

En efecto, el Concilio Ecuménico, después de recomendar una peculiar solicitud por los fletes que, por la condición de su vida, no pueden gozar suficientemente del cuidado pastoral común y ordinario o carecen totalmente de él, como son la mayor parte de los emigrantes, tos exiliados y los prófugos, exhorta vivamente a las Conferencias Episcopales, en particular a las nacionales, a que estudien los más urgentes problemas que afectan a tales personas y con instrumentos e instituciones adecuadas atiendan y fomenten su vida espiritual con voluntad concorde y unión de fuerzas. El mismo Sagrado Concilio dirige, además, esta otra recomendación a los Obispos: Muéstrense solícitos para con todos, de cualquier edad, condición o nación que fueren, tanto nativos como advenedizos y peregrinos.

Se entiende fácilmente que no puede llevarse a cabo con eficacia esta asistencia espiritual sin tener en cuenta el patrimonio espiritual y la cultura propia de los migrantes; a este respecto, tiene excepcional importancia el idioma patrio, mediante el cual los migrantes manifiestan sus pensamientos, su mentalidad y su vida religiosa.

Sin embargo, es evidente que se deberá evitar que estas diferencias y las acomodaciones, aunque legítimas, que se hagan a los grupos de distintas nacionalidades, redunden en detrimento de aquella unidad, a la que todos se hallan convocados en la Iglesia, como advierte San Pablo: Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo. Judíos o Gentiles, esclavos u hombres libres. Todos vosotros sois uno en Cristo.

Era, por tanto, necesario que esta Sede Apostólica, haciendo suyas las preocupaciones del Concilio Ecuménico, ofreciera a los Obispos y a las Conferencias Episcopales la oportunidad de velar más adecuadamente por la asistencia espiritual de los grupos de migrantes. Estos no solamente se hallan encomendados al ministerio pastoral de los Obispos, como los restantes fieles, sino que, por la singular condición de sus vidas, reclaman una atención especial que responda a sus necesidades.

Por otra parte, las condiciones en que actualmente se realizan las migraciones han cambiado de tal manera que reclaman cada día con mayor urgencia una revisión de las normas dadas con anterioridad por esta Sede Apostólica, acomodándolas a los nuevos tiempos. Es preciso, pues, realizar una nueva ordenación y estructuración en las que se apoye la asistencia espiritual de los migrantes, utilizando para ello las múltiples experiencias llevadas a cabo y la colaboración de todos.

Para ello, los Obispos, según las circunstancias de tiempo y de lugar, podrán hacer uso de algunas de las modalidades específicas para este apostolado, recomendadas ya por la experiencia. Y, ya que el amplísimo campo del apostolado en favor de los migrantes requiere un justo aprecio del mismo por parte de todos y la consiguiente conjunción de esfuerzos y de actividades, es absolutamente indispensable que, además de los sacerdotes que se dedican expresamente a este ministerio, colaboren también los religiosos y los seglares aunando sus esfuerzos en esta tarea.

Por consiguiente, examinadas con diligencia todas las cosas, y después de considerar atentamente los votos de las distintas Conferencias Episcopales y de los Miembros de la Sagrada Congregación para los Obispos, motu proprio y en virtud de Nuestra Apostólica autoridad, establecemos que las normas pastorales acerca de la asistencia espiritual de los migrantes, contenidas en la Constitución Apostólica Exsuf Familia. sean oportunamente revisadas por la Sagrada Congregación para los Obispos, a la que encomendamos la promulgación de estas nuevas normas mediante una especial Instrucción.

No obstante, cualquier otra disposición en contrario.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta de Asunción de la Bienaventurada Virgen María, el día 16 de agosto del año 1969, séptimo de Nuestro Pontificado.

PABLO PP. VI.

INSTRUCCIÓN SOBRE LA ATENCION PASTORAL DE LOS MIGRANTES

La Sagrada Congregación para los Obispos, impulsada por el deseo de presentar a los Ordinarios y a los Pastores de almas algunas normas prácticas que se adapten mejor a las disposiciones pontificias, a las Constituciones y Decretos del Concilio Vaticano II, así como también a las exigencias actuales del fenómeno de las migraciones, ha considerado necesaria una modernización de la Constitución Apostólica EXSUL FAMILIA.

Por tanto, previa doble consulta a las distintas Conferencias Episcopales, ha redactado la presente Instrucción que ha sido examinada por los Padres de la Sagrada Congregación para los Obispos y aprobada en la reunión plenaria del 21 de noviembre de 1968.

El sumo Pontífice Pablo VI, oído el parecer del Cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos, aprobó esta Instrucción mediante la Carta Apostólica, en forma de motu proprio, PASTORALIS MIGRATORUM CURA de fecha 15 de agosto de 1969 y dispuso su publicación, estableciendo al mismo tiempo que las normas contenidas en ella entren en vigor el día 1 de octubre próximo.

Capítulo 1

PRINCIPIOS GENERALES

1. Nadie ignora que, por diversas causas, están resultando cada día más fáciles y más frecuentes, en nuestra época, los desplazamientos de una nación a otra. En efecto el rápido progreso técnico-económico, las mutuas relaciones entre los ciudadanos y los países, las interdependencias cada día más amplías y frecuentes, el deseo extendido en la sociedad civil de facilitar la unidad jurídica y política de la familia humana, y, finalmente, el notable desarrollo alcanzado hoy en día por los medios de comunicación, han creado horizontes más amplios y presentado formas nuevas a las iniciativas adoptadas en el pasado.

En efecto no faltan quienes abandonan su patria constreñidos por razones políticas o económicas. Pero, por lo común, son más numerosos los que dejan su familia y su patria para establecerse en otro sitio, atraídos por el desarrollo industrial e impulsados por el deseo de vivir en la ciudad, favorecidos en este sentido por la actual cooperación económica internacional y por la posibilidad de hallar trabajo en otros lugares; a esto es menester añadir la colaboración felizmente establecida en el dominio de la ciencia y de la técnica, que mira especialmente a los pueblos en vías de desarrollo, y el crecimiento de las relaciones culturales debidas a la fundación, en vasta escala, de institutos internacionales y a la posibilidad que se ofrece a muchos de estudiar en una Universidad extranjera.

2. De esta movilidad de población se deriva un nuevo y más vasto impulso hacia la unificación, o “conformación”, de todos los pueblos y del universo entero, en la que es fácil distinguir al Espíritu de Dios que con admirable providencia dirige el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra.

Las migraciones ciertamente al favorecer y promover el mutuo conocimiento y la colaboración, manifiestan y perfeccionan la unidad de la familia humana y confirman con evidencia las relaciones de fraternidad entre los pueblos mediante las cuales ambas partes dan y reciben al mismo tiempo.

3. Aún reconociendo, por una parte, oportunas las razones antes expuestas como favorecedoras de los movimientos migratorios, no puede negarse que estos desplazamientos originan a su vez numerosos peligros y dificultades frecuentemente agravados por las dimensiones mismas del fenómeno o, al menos, no aliviados.

Efectivamente, se desarrollan actualmente las relaciones sociales, pero éstas no promueven la oportuna madurez de la persona ni el establecimiento de relaciones personales. De ahí se deriva gran cúmulo de dificultades y de sufrimientos, de los cuales el hombre es causa y víctima al mismo tiempo.

Recordemos, a este respecto, las graves tensiones originadas por las desigualdades económicas, los conflictos causados por la diversidad de caracteres y de tradiciones, toda especie de discriminación atentatoria de tos derechos fundamentales de la persona: social o cultural, por razones de sexo, raza, color de la piel, condición social, lengua o religión y todas las actitudes debidas a prejuicios históricos y a la intolerancia política o ideológica.

4. Todos estos hechos, al par que afectan profundamente la estructura de toda la sociedad y de la misma familia, así como a la misma persona humana, provocan también ordinariamente un perjuicio nada despreciable a la vida religiosa. La experiencia demuestra que los fieles en tales circunstancias se hallan expuestos, quizás por una “interiorización” poco adaptada de su fe, al peligro de un relajamiento en la práctica de la vida cristiana y a un gradual abandono de la misma. Acontece que se pierde el gran tesoro de la fe hasta entonces profesada. Y esto sucede tanto más fácilmente cuanto más se compromete el patrimonio humano y cultural al que, ordinariamente, se halla estrechamente ligada la fe de los migrantes. Por este motivo, la Santa Madre Iglesia, establecida precisamente para hacer participes a todos los hombres de la salvífica Redención, sintiéndose íntimamente solidaria con el género humano y con su historia, despliega una peculiar y constante solicitud hacía aquellos hijos que, por cualquier razón, abandonan sus lares y se dirigen a otras regiones. Para cumplir fielmente el mandato recibido de lo Alto, no solamente se esfuerza por otorgar a todos los migrantes los consuelos de la religión, sino que también busca activamente el reconocimiento y la defensa de los derechos de la persona humana, así como también de los fundamentos de la vida espiritual.

5. Se halla fuera de duda que el hombre, el hombre considerado en su unidad y en su totalidad, cuerpo y alma, constituye el objetivo primordial de la solicitud pastoral de la Iglesia. Siendo necesario que la cura de almas se acomode a las exigencias de los tiempos, parece muy oportuno recordar con insistencia los derechos primarios y fundamentales de la persona humana, sea para que la autoridad civil los reconozca y, consiguientemente, los defienda, sea para que todos los migrantes se sientan integrados en las tareas de los ciudadanos y de la sociedad y para que consideren escrupulosamente los deberes que deben cumplir.

6. Propio de la naturaleza social del hombre es que éste sea ciudadano de un Estado y de una Patria a la que está vinculado por lazos espirituales y culturales, además de los de origen y de sangre. Se violan estos derechos primarios y fundamentales, cuando los hombres, individual o colectivamente, son expulsados de su domicilio y de su patria por discriminaciones raciales, religiosas o de otra naturaleza.

7. Se afirma el derecho natural del hombre a usar de bienes materiales y espirituales, para conseguir con mayor plenitud y facilidad su propia perfección. Cuando un Estado, afectado por falta de recursos o por exceso de habitantes, no puede suministrar a los ciudadanos el disfrute de tales bienes o cuando impone condiciones que lesionan la dignidad humana, el hombre tiene el derecho de elegir un nuevo hogar en el extranjero y de procurarse condiciones de vida más dignas.

Y no solamente corresponde tal derecho a las personas consideradas en su individualidad, sino a todas las familias en cuanto tales. Por consiguiente, en el ordenamiento de las migraciones debe quedar plenamente a salvo la convivencia doméstica, teniendo en cuenta sus necesidades, en especial las relacionadas con el alojamiento, la educación de los hijos, las condiciones laborales, la seguridad social y los impuestos.

La autoridad pública violaría sin motivo el derecho de la persona humana, si se opone a la emigración o a la inmigración; o si la dificulta, a no ser que ello fuera requerido por razones graves y objetivas de bien común.

8. Aunque tengan el derecho de migrar, deben los ciudadanos tener también en cuenta que tienen el derecho y el deber de contribuir al verdadero progreso de su propia comunidad en la medida de sus posibilidades. De modo especial en las regiones de menor desarrollo económico, donde todos los recursos deben ser utilizados con carácter de urgencia atentan gravemente contra el bien común quienes, poseyendo preparación intelectual o bienes económicos, sucumben al deseo y a la tentación de migrar. Porque privan a su comunidad de unas aportaciones espirituales o materiales, que le son necesarias. Las regiones técnicamente desarrolladas tomen en consideración la tarea de promover el bien común en las regiones menos desarrolladas; favorezcan para ello la preparación y repatriación de los técnicos y de los jóvenes estudiantes, después que éstos hayan adquirido la pericia en sus especialidades respectivas y obtenido, incluso, el correspondiente diploma.

9. Es preciso que la autoridad pública responda convenientemente a esta obligación de los ciudadanos, procurando crear fuentes de trabajo en el propio país. En este aspecto estimamos muy oportuno que, en lo posible, el capital busque al trabajo y no el trabajo al capital; de esta manera, las migraciones no serán consecuencia de una coacción, sino fruto de una libre decisión de la persona humana.

10. Todo aquel que decide dirigirse a otro pueblo, debe tener en gran consideración el patrimonio, los idiomas y las costumbres de aquél. De ahí que los migrantes deberán acomodarse voluntariamente a la comunidad que les acoge y ser diligentes en el estudio de la lengua; de modo que, si su permanencia se prolonga o resulta definitiva, puedan integrarse más fácilmente en la nueva comunidad. Esto se conseguirá con mayor seguridad y eficacia, si se realiza espontánea y gradualmente, evitando cualquier coacción o impedimento.

Con especial solicitud deben ser, en este aspecto, objeto de particular afecto aquellos que, por oposición ideológica o por divisiones políticas, se han visto obligados a abandonar su patria; y también todos aquellos que han sido expulsados de su patria y deportados a otro sitio. Estos no suelen adaptarse ni acomodarse fácil y rápidamente a la nueva comunidad por la misma fuerza de las circunstancias.

11. Los migrantes llevan consigo su mentalidad, idioma, cultura, religión. Todo esto forma un patrimonio espiritual de pensamientos, tradiciones y cultura que va a sobrevivir todavía fuera de la patria; por consiguiente, debe ser estimado en gran manera y en todas partes.

Al idioma propio de los migrantes no le corresponde el último puesto en estas consideraciones, ya que, gracias a él, los migrantes expresan su mentalidad, las peculiaridades de su pensamiento y de su cultura, y las características de su vida espiritual.

Siendo el idioma un medio y un camino que conduce al conocimiento de la intimidad del hombre y a la manifestación de ésta, la asistencia espiritual de los migrantes reportará frutos más abundantes, si es encomendada a quienes conozcan bien estos factores y dominen lo más perfectamente posible el idioma de los migrantes. De donde se deduce y obtiene plena confirmación que es oportuno encomendar la asistencia espiritual de los migrantes a sacerdotes de la misma lengua y durante todo el tiempo que sea útil.

12. El modo, formas jurídicas y duración de la asistencia que es menester otorgar a los migrantes, se ha de considerar atentamente en todos y en cada uno de los casos y acomodarlo a las circunstancias.

Entre estas circunstancias convendrá señalar la duración de la migración, el proceso de adaptación (de la primera y sucesivas generaciones), la diversidad de culturas {idioma y rito), la forma de emigrar: periódica, estable o temporal, si emigran por pequeños grupos o en masa, si se asientan diseminados o aglomerados; por consiguiente, es clara la fundamental postura de la Iglesia en lo que respecta a la atención de los migrantes: una oportuna adecuación a las necesidades, constantemente acomodada a las mismas.

13. Si los Pastores de almas tienen en cuenta todo esto y lo observan fielmente, no sólo evitarán más fácilmente a los migrantes los peligros inherentes a su condición y sus inconvenientes, sino que éstos dispondrán de una feliz y frecuente oportunidad de colaboración en la ansiada dilatación del reino de Dios. Del mero hecho de convivir con fieles de otras confesiones o con no cristianos e, incluso, con no creyentes nacen, por lo común, diversos vínculos y relaciones. Puede suceder, por otra parte, que en los mismos medios considerados como católicos o cristianos, se instalen cada día en mayor número fieles de otras religiones, trabajadores y jóvenes dedicados al estudio de las letras o de la técnica, mientras, por otra parte, como expresión concreta de una mutua colaboración internacional se envían cada vez en mayor número expertos (católicos) por organismos internacionales, bilaterales o privados para estimular el desarrollo de esos mismos países. Este hecho brinda a la Iglesia -a tenor del Concilio Vaticano II- una feliz oportunidad ya para promover la unión entre los cristianos, ya, si se trata de no cristianos o de no creyentes, para lograr que el testimonio de vida de estos fieles en particular y el de toda la comunidad resulte un signo revelador de Cristo.

14. La compleja variedad de cuestiones y de problemas, la existencia de distintas dificultades, la diversidad de lugares y de circunstancias reclaman una labor prolongada y asidua por parte de los Obispos y de las Conferencias Episcopales y exigen la fraterna colaboración del pueblo de Dios para con los migrantes que se instalan dentro o fuera de las fronteras de la Patria.

Es indudable que todos los que posean la dignidad de seres humanos y, sobre todo, los que, además, se llaman cristianos desearán aumentar cada día más y coordinar su esfuerzo común para que todos tengan acceso a una vida más humana, en la que cada uno sea amado y ayudado como un hermano por sus hermanos.

15. Las modernas migraciones, que se realizan con una sorprendente rapidez en el mundo entero, se componen de varias clases de personas: forman parte de las mismas tanto obreros como dirigentes de empresas, jóvenes estudiantes y técnicos, generosos voluntarios, refugiados y exiliados. Aunque estas categorías de migrantes difieren no poco entre sí, sin embargo, todos se hallan en unas especiales condiciones de vida muy distintas a las que tenían en su patria de origen, por lo que no pueden disfrutar de la ayuda de los párrocos del lugar. Por este motivo, la Iglesia busca con maternal solicitud la utilización de una pastoral adecuada. De ahí que en el aspecto pastoral, del que aquí tratamos, otorgamos el apelativo de migrantes a todos aquellos que, por cualquier causa residen fuera de su patria o de su comunidad étnica y necesitan de una peculiar atención por reales necesidades.

Para proveer a esta asistencia y para hacerla más fácil, se proponen unas normas en los siguientes capítulos.

Capítulo II

LA SAGRADA CONGREGACION PARA LOS OBISPOS

16. § 1. Corresponde a la Sagrada Congregación para los Obispos dirigir, supervisar, coordinar y promover todo lo relacionado con la asistencia espiritual de los fieles de rito latino, a donde quiera que migren, obrando de común acuerdo, sin embargo, con la Sagrada Congregación para las Iglesias Orientales o con la Sagrada Congregación para la Evangelización de los Pueblos, si se trata de territorios dependientes de cualquiera de las dos, permaneciendo firmes igualmente los deberes y la autoridad del Ordinario del lugar en lo que respecta a la cura de almas.

§ 2. Asimismo, es propio de la Sagrada Congregación para los Obispos promover esto mismo en favor de los migrantes pertenecientes a ritos orientales, de acuerdo igualmente con la Sagrada Congregación para las Iglesias Orientales, siempre que fíeles de cualquier rito oriental migren a territorios no dependientes de esta Sagrada Congregación, donde no exista sacerdote del propio rito.

§ 3. A tenor igualmente del motu proprio “Ecclesiae Sanctae”, la misma Congregación, oído el parecer de las Conferencias Episcopales interesadas, o a petición de alguna Conferencia Episcopal, para la atención espiritual a determinados grupos sociales numerosos puede erigir Prelaturas, constituidas por sacerdotes del clero secular, dotados de una formación especifica, bajo el gobierno de un Prelado propio y con particulares estatutos.

§ 4. Hallándose establecidos en el seno de la Sagrada Congregación para los Obispos los Consejos y Secretariados de Migración, de las Obras del Apostolado del Mar, del Aire y de los Nómadas, según lo dispuesto por la Constitución Apostólica Regimini Ecclesiae Universae, la misma Congregación debe realizar las funciones descritas en el párrafo primero, en favor de aquellos que pertenecen a las referidas Obras del Apostolado del Mar, Aire y Nómadas.

§ 5. Por razón de su peculiar finalidad, se hallan sometidos a la misma Sagrada Congregación los Institutos Religiosos fundados expresamente para asistir espiritualmente a los migrantes; por este motivo, tiene legítima competencia solamente en lo que respecta a los miembros de estos Institutos, en cuanto Capellanes o Misioneros de migrantes, individual o colectivamente considerados, dejando a salvo el derecho de la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares en lo que se refiere a la observancia de la vida religiosa.

§ 6. Conforme al espíritu del Concilio Vaticano II, la Sagrada Congregación para los Obispos procurará colaborar con el Secretariado para el fomento de la Unidad de los Cristianos y con los Secretariados para los no cristianos y para los no creyentes en iniciativas comunes reconocidas como provechosas para un grupo de migrantes, abstracción hecha de sus creencias.

17. Para realizar las actividades relacionadas con las migraciones, la Sagrada Congregación para los Obispos utiliza el Oficio para las Migraciones y el Consejo Superior para las Migraciones.

18. § 1. El Oficio para las Migraciones, establecido hace ya algún tiempo en la Sagrada Congregación para los Obispos, está presidido por el Delegado para las Obras Migratorias, asistido por un conveniente número de oficiales.

§ 2. Corresponde a este Oficio estudiar y ocuparse especialmente de todo aquello que redunde en provecho espiritual de los fieles migrantes, de cualquier idioma, raza, nacionalidad y —salvadas las debidas competencias— de rito; ayudar al Consejo Superior para las Migraciones y preparar sus reuniones, fomentar mutuas relaciones con las Comisiones Episcopales; iniciar y mantener contactos con las Asociaciones internacionales que, de algún modo, atienden a los migrantes, promover todas aquellas iniciativas reconocidas como útiles y oportunas.

19. El Consejo Superior para las Migraciones consta de:

§ 1. Presidente, cargo que corresponde al Secretario pro tempore de la Sagrada Congregación para los Obispos.

§ 2. Secretario, función encomendada al Delegado para las Obras de Migraciones, del Apostolado del Mar, del Aire y de los Nómadas.

§ 3. Forman parte, asimismo, de este Consejo:

a) Los Presidentes y Secretarios de las Comisiones Episcopales de Migraciones establecidas en los distintos países o, si éstas no existen, los Obispos Promotores a nivel nacional; representantes de Dicasterios de la Curia Romana a los que atañe de algún modo la asistencia de los migrantes: el Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia, las Sagradas Congregaciones para las Iglesias Orientales, para el Clero, para los Religiosos e Institutos Seculares para la Educación Católica, para la Evangelización de los Pueblos; el Secretariado para promover la Unidad de los Cristianos, los Secretariados para los no cristianos y no creyentes, y también el Consejo de Laicos y la Comisión Pontificia de Estudios “Justitia et Pax”; Delegados de Caritas Internacional, de la Comisión Internacional Católica para las Migraciones, de la Federación de Superiores de Institutos religiosos de ambos sexos y, por último, los Superiores Generales de las Congregaciones religiosas que asisten de modo específico a los migrantes;

b) Varones expertos y beneméritos, sacerdotes o seglares, previa elección y nombramiento de la Sagrada Congregación para los Obispos.

§ 4. El Presidente, oído el parecer del Secretario, elige algunos miembros del referido Consejo, cuya propuesta somete a la aprobación de la Sagrada Congregación para los Obispos, para constituir la “Comisión de Estudios”.

20. El Consejo Superior para las Migraciones, órgano consultivo encargado de la preparación y realización de proyectos de actividades, se propone:

§ 1. Reunir, catalogar y examinar las propuestas presentadas por los diversos Episcopados y también las sugerencias y proposiciones de los delegados de los mismos, en cuanto miembros de este mismo Consejo Superior.

§ 2. Estudiar a fondo todo aquello que, de algún modo, se refiera al campo de las migraciones, a la luz de los decretos del Concilio Vaticano II, y examinar al propio tiempo las necesidades, en constante evolución y cambio de esta categoría de personas.

§ 3. Someter a la Sagrada Congregación para los Obispos sugerencias, para que ésta pueda proponer a las Conferencias Episcopales normas que contribuyan a una mayor eficacia y acomodación de las obras de protección a los migrantes.

§ 4. El Consejo Superior se reúne periódicamente en sesiones plenarias y también, en caso de necesidad, en sesiones extraordinarias.

21. Corresponde a la Comisión de Estudios:

§ 1. Tratar las cuestiones más importantes o de mayor urgencia.

§ 2. Otorgar a la Sagrada Congregación para los Obispos el oportuno asesoramiento para la solución de estas cuestiones.

§ 3. Esta Comisión se reúne en sesión dos veces al año.

Capítulo III

LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES NACIONALES

Las Conferencias Episcopales, en particular las Nacionales, deberán preocuparse con interés por las cuestiones más urgentes relacionadas con estas diversas categorías de personas (es decir, los migrantes, los exiliados, los refugiados, etc.). Con métodos e instituciones apropiadas, deberán, en concordia de voluntades y de esfuerzos, procurar y favorecer su asistencia espiritual, teniendo en cuenta ante todo las normas que la Sede

Apostólica haya establecido o que establezca en el futuro, acomodadas a las circunstancias de tiempo, lugar y personas.

Se ruega a las Conferencias Episcopales que, ante el gran número de migrantes y de peregrinos que existen en la actualidad, encomienden a un sacerdote en calidad de delegado o a una Comisión especial establecida con este fin, el estudio y la dirección de todo lo relacionado con su asistencia espiritual.

Como las necesidades pastorales exigen cada vez más que ciertas actividades pastorales tengan unidad de dirección y de promoción, es conveniente que, para todas o algunas diócesis de determinada región o nación, se establezcan algunos servicios que pueden ser encomendados incluso a Obispos.

Concierne igualmente a las Conferencias Episcopales crear y promover obras destinadas a recibir fraternalmente y a asistir con una conveniente atención pastoral a aquellos que llegan de territorios de misión para trabajar y estudiar. A través de ellos, pueblos distantes se hacen en cierto modo vecinos, ofreciéndose a tas comunidades tradicionalmente cristianas una inestimable oportunidad de dialogar con países que no han recibido todavía el Evangelio y de manifestarles el auténtico rostro de Cristo, mediante estos servicios de amor y de ayuda.

Para que los Obispos de países tradicionalmente cristianos puedan acoger convenientemente y asistir con una adecuada atención pastoral a tos inmigrantes procedentes de tierras de misión, es necesaria la cooperación de aquellos con los Obispos de estos territorios.

22. § 1. En aquellas naciones, en las que el número de migrantes es de considerable importancia, establezcan las Conferencias Episcopales una Comisión Episcopal para atender las migraciones. Esta tendrá su Secretario que, ordinariamente, ejercerá la función de Director Nacional y, por este título, podrá formar parte del Consejo Superior para las Migraciones.

§ 2. Es muy conveniente que se incorporen también a esta Comisión sacerdotes, religiosos de ambos sexos —en especial, aquellos de los que el artículo 53 § 1. hace referencia— e igualmente varones seglares expertos en cuestiones relacionadas con las migraciones.

§ 3. En aquellos otros países, en los que el número de migrantes no es tan importante, las Conferencias Episcopales designarán, al menos, un Obispo Promotor para garantizar la asistencia espiritual de estas personas.

23. Para llevar a efecto las disposiciones de la Sede Apostólica y de los Decretos conciliares en esta materia, las Conferencias Episcopales Nacionales, directamente, o por mediación del Director Nacional, o por alguna otra Institución, se preocuparán de:

§ 1. Atender los principales problemas planteados por las migraciones y, teniendo en cuenta principalmente las circunstancias de lugares y de personas, tomar iniciativas pastorales apropiadas, con el fin de preparar el espíritu de los migrantes para facilitar su adaptación a las nuevas condiciones de vida y para que éstos sean debidamente acogidos ya sea en las diferentes regiones de su propio país ya en los países a los que emigran. Esfuércense también en la promoción de grupos no cristianos, privados frecuentemente de todo auxilio espiritual o corporal.

§ 2. Elegir sacerdotes y prepararlos para este ministerio específico y presentarlos a las Conferencias Episcopales de los países interesados, o a las Instituciones que ellas tengan establecidas al efecto, para que, a tenor del artículo 36 § 2., sean aceptados como Capellanes o Misioneros de migrantes.

§ 3. Crear, si procede, un Colegio para sacerdotes candidatos para este ministerio, o, al menos, valerse de Institutos ya establecidos, utilizando la colaboración de Seminarios, donde existan, destinados a la formación de candidatos al sacerdocio pertenecientes a una lengua determinada. Los sacerdotes, bien antes de su salida al extranjero, bien cuando ya residen allí, asistan a los cursos, que juzgamos muy útiles, de estos Institutos durante un tiempo preestablecido e, incluso, si se estima conveniente, procuren adquirir conocimiento de los nuevos métodos de apostolado e información concerniente a las condiciones económicas, sociales y culturales de los países de acogida.

§ 4. Estimular a los religiosos de ambos sexos y a los fieles seglares a participar en estas tareas, buscando sabiamente su colaboración para que, mediante un plan pastoral conveniente, aporten a esta causa la mayor colaboración espiritual y social posible.

§ 5. Organizar reuniones periódicas, de acuerdo con la Sagrada Congregación para los Obispos, a nivel internacional e, incluso, continental, con el fin de ordenar adecuada y eficazmente la asistencia pastoral de los migrantes, elaborando unas líneas comunes de actuación acomodables a las peculiaridades y circunstancias propias de cada pueblo.

§ 6. Establecer oportunos contactos con Organismos internacionales o nacionales, con Institutos y Asociaciones estatales, buscando el modo de defender los derechos de los migrantes, incluso en la esfera social, y velar por su formación, principalmente profesional, lo más adecuada posible a las exigencias de los tiempos.

§ 7. Enviar anualmente un informe general de actividades a la Sagrada Congregación para los Obispos, al que podrán acompañar datos útiles para la elaboración de estadísticas, para que ésta pueda conocer mejor las dificultades, las sugerencias y los proyectos con el fin de satisfacer de este modo más cumplidamente a los mismos.

24. § 1. Toda clase de migraciones, así como también todas las categorías de personas que se hallan afectadas de algún modo por el fenómeno de los frecuentes desplazamientos, que existen en la época actual en las diversas partes del mundo: gentes del mar, empleados de la navegación aérea, nómadas, no sólo presentan nuevas dificultades de índole pastoral sino también excepcionales condicionamientos en el orden espiritual, psicológico, financiero y organizativo, especialmente si se trata de exiliados, refugiados o de migrantes que abandonan regiones que padecen un exceso de población y se hallan en vías de desarrollo.

§ 2. Con el fin de recabar medios necesarios para resolver, en lo posible, estos graves problemas, es muy conveniente que las Conferencias Episcopales y los Ordinarios del lugar celebren anualmente un “Día del Emigrante”.

§ 3. La celebración de esta Jornada tiene los siguientes fines principales: que los hijos de! Pueblo de Dios, cada uno según su propia condición, a la luz del plan divino de salvación, conozcan bien sus propios deberes y acepten su responsabi-en el sostenimiento de las obras establecidas en favor de los migrantes; que todos los fíeles, en su plegaria, imploren los auxilios divinos para obtener del Señor vocaciones para este apostolado; que, por último, se robustezca el celo apostólico de los sacerdote y se mantenga firme y aumente la fe cristiana de los migrantes.

§ 4. Los problemas de carácter y de idiosincrasia, denominados “psicológicos”, reclaman un trabajo y una aportación común por parte de todos los cristianos, a fin de superar, en unión de esfuerzos, todos los prejuicios y discriminaciones derivadas de la diversidad de nacionalidad, estirpe y religión, creando relaciones más abiertas y leales en el marco de una auténtica unión fraternal entre los pueblos.

§ 5. Teniendo en cuenta que las numerosas y providentes iniciativas de los Capellanes o Misioneros, de los asistentes sociales y de todas las Instituciones establecidas para atención de los migrantes plantean nuevas y graves dificultades a las Conferencias Episcopales y a los Ordinarios del lugar —en lo que respecta a la cosa económica y a la recta organización de las cosas—, el “Día del Emigrante” intenta también que los fieles reflexionen seriamente sobre sus deberes relacionados con la ayuda económica que deben prestar para subvenir a las necesidades de sus hermanos migrantes. Por este motivo, las Conferencias Episcopales pueden aprovechar la coyuntura que les brinda la celebración de esta Jornada, para estimular más y más el interés de los fieles sobre este punto y para exhortarles a dar con largueza su óbolo con destino a las obras necesarias.

§ 6. El “Día del Emigrante” deberá celebrarse en el modo y tiempo que aconsejen las circunstancias de lugar y de ambiente.

Capítulo IV

LOS ORDINARIOS DEL LUGAR

Téngase solicitud particular por los fieles que, por la condición de su vida, no pueden gozar suficientemente del cuidado pastoral, común y ordinario de los párrocos o carecen totalmente de él, como son la mayor parte de los emigrantes, los exiliados y prófugos, los navegantes por mar o aire, los nómadas y otros por el estilo. Promuévanse métodos espirituales adecuados para fomentar la vida espiritual de quienes por razón de vacaciones se trasladan temporalmente a otras regiones.

Igualmente, en circunstancias similares, provéase a los fieles de habla distinta, ya por medio de sacerdotes o parroquias de la misma lengua, ya por un vicario episcopal que conozca bien la lengua en cuestión y también, si lo pide el caso, dotado de carácter episcopal; y, finalmente, de otro modo más oportuno.

Los vicarios episcopales gozan de la potestad vicaria ordinaria que el derecho común concede al vicario general en una zona determinada de la diócesis o para un cierto tipo de asuntos, o para los fieles de un determinado rito, o para ciertos grupos de personas, según el nombramiento del Obispo diocesano.

Por tanto, en lo que se refiere a las diversas formas y maneras, recomendadas por una larga experiencia, para garantizar una conveniente asistencia, espiritual a los migrantes, los Ordinarios del lugar tengan en cuenta lo siguiente:

A) ORDINARIOS DEL LUGAR DE PARTIDA

26. Adviertan los Ordinarios a los Párrocos sobre su grave obligación de instruir religiosamente a todos los fieles, para que éstos, si se da el caso, puedan afrontar más fácilmente las dificultades y peligros derivados de su partida y establecer nuevas relaciones con otras personas, tanto en la hipótesis de que se asienten en diferente lugar dentro de los confines patrios como si se instalan en el extranjero, donde los ciudadanos profesan distinta religión o diversas religiones. De ello se sigue que los migrantes, de regreso a su patria temporal o definitivamente, comprueban que su párroco se halla dispuesto a estar siempre junto a ellos como un verdadero padre.

27. Procuren los Ordinarios del lugar buscar y descubrir sacerdotes, diocesanos o religiosos, idóneos y vocacionados para este no tan fácil ministerio y cédanlos gustosamente a las Conferencias Episcopales, cuando éstas lo pidan.

28. Cada Ordinario procure relacionarse con la Conferencia Episcopal Nacional o con sus Instituciones establecidas al efecto, con el fin de recabar de la misma ayuda para su propia diócesis y, a su vez, para prestar el oportuno auxilio a otras diócesis que lo necesiten para llevar a cabo lo que disponga la referida Conferencia en relación con la asistencia pastoral de los migrantes.

B) ORDINARIOS DEL LUGAR DE ACOGIDA

29. Si se estima necesario, establézcase también en las diócesis receptoras una Oficina especial para los migrantes en la Curia Episcopal y póngase al frente de ella un Vicario Episcopal u otro sacerdote idóneo.

30. § 1. Adviértase oportunamente a todos los fieles, clérigos o laicos, religiosos o religiosas, para que reciban con benevolencia a los migrantes y procuren atenderlos en las grandes necesidades que ya desde un principio les asedian.

§ 2. Ayuden benigna y cordialmente a los demás cristianos que no se hallan en plena comunión con la Iglesia católica y que carecen de sagrados ministros de su propia Iglesia o comunidad; y no nieguen su apoyo y ayuda a los no cristianos que lleguen a la diócesis, ateniéndose en estos casos a las normas relativas a la comunicación en cosas sagradas, contenidas en el Decreto del Concilio Ecuménico Vaticano II Unitatis Redintegratio y en el Directorium Oecumenicum.

§ 3. La responsabilidad concerniente a la cura de almas de todos los fieles, y, por consiguiente, de los migrantes establecidos dentro de los límites geográficos de la parroquia, corresponde principalmente a los párrocos, los cuales darán cuenta en su día a Dios del cumplimiento de esta obligación; asocien y hagan partícipe de este grave deber al Capellán o Misionero, si existe en la demarcación.

31. § 1.Previo acuerdo con la Conferencia Episcopal Nacional o con sus Instituciones establecidas al efecto, reclamen la colaboración de sacerdotes de la misma lengua o nacionalidad de los” migrantes.

§ 2. Si circunstancias especiales, tales como el número insuficiente de estos sacerdotes, aconsejan obrar de modo distinto, los Ordinarios utilizarán los servicios de otros sacerdotes que dominen el idioma de los migrantes y se esforzarán con particular empeño por evitar a sus nuevos hijos cualquier discriminación o riesgo en la profesión de su vida cristiana.

§ 3. Cuando se ha de proveer a la asistencia espiritual de migrantes de distinto rito, salvados los derechos de su propia Jerarquía, ténganse presentes también los Decretos que a los mismos atañen.

§ 4. De igual modo, en caso de necesidad, sean atendidos espiritualmente aquellos cristianos que no se hallan en plena comunión con la Iglesia Católica, obrando de común acuerdo con sus Superiores o sus ministros del culto, a tenor de lo prescripto por las Congregaciones competentes de la Sede Apostólica.

32. Los Ordinarios del lugar no rehusen admitir en la sagrada liturgia el uso del idioma propio de cada país de origen de los migrantes, siguiendo las normas del Concilio Vaticano II.

33. En el ejercicio de la pastoral migratoria, la experiencia y la práctica recomiendan como válidos los métodos y las formas que a continuación se exponen, las cuales deberán ser acomodadas, claro está a las circunstancias del lugar y a las costumbres y necesidades de los fieles migrantes:

§ 1. Donde es notable el número de migrantes del mismo idioma, establecidos de modo permanente o en continua movilidad, puede ser oportuna la erección de una parroquia personal, bien definida de antemano por el Ordinario del lugar.

§ 2. También el Obispo podrá erigir una misión con cura de almas, cuyos limites territoriales deberán ser claramente señalados, particularmente allí donde los migrantes no residen todavía de modo estable; este tipo de misión se utiliza con aquellos grupos de migrantes que, por cualquier espacio de tiempo y por cualquier motivo, se encuentran en la demarcación.

§ 3. Si lo permiten la circunstancias, la misión con cura de almas, erigida en el territorio de una sola parroquia, o incluso de varias, puede unirse a alguna parroquia territorial, especialmente si los que atienden espiritualmente a los migrantes pertenecen a la misma Congregación religiosa a la que está encomendada dicha parroquia.

§ 4. Cuando no se estima oportuna la erección de una parroquia personal ni la de una misión con cura de almas, independiente o unida a una parroquia territorial, provéase la asistencias espiritual de los migrantes por medio de un Capellán o Misionero del mismo idioma, delimitándole el territorio en el que deberá ejercer su ministerio.

§ 5. Donde el número de migrantes es lo suficientemente apreciable, el Capellán o Misionero podrá ser nombrado Vicario cooperador de una sola o de varias parroquias, para velar por su atención espiritual.

§ 6. Por último, para que los fieles de diversos idiomas, pertenecientes a los nuevos organismos internacionales que existen en la actualidad no carezcan de asistencia espiritual, elíjanse sacerdotes, conocedores de su lengua, para que ejerzan su ministerio entre estos fieles.

34. § 1. Asígnase, en la medida de lo posible, a cada Capellán o Misionero de migrantes alguna iglesia o capilla o también un oratorio público o semipúblico para el ejercicio de su sagrado ministerio.

§ 2. De lo contrario, el Ordinario del lugar dará las oportunas instrucciones para que el Capellán o Misionero pueda ejercer su ministerio, libre y cumulativamente, en otra iglesia, incluso parroquial.

§ 3. Parece oportuno, además, preparar instalaciones a las que puedan acudir los migrantes como si fueran propias, para cultivar en ellas sus valores y dotes de ingenio, para disfrutar de un merecido descanso y recreo, para hallar saludables ayudas.

Capítulo V

CAPELLANES O MISIONEROS DE MIGRANTES

DELEGADOS PARA LOS CAPELLANES O MISIONEROS

Provéase a los fieles de habla distinta, ya por medio de sacerdotes o parroquias de la misma lengua, ya por un Vicario Episcopal que conozca bien la lengua en cuestión, y también, si lo pide el caso, dotado de carácter episcopal; y, finalmente, de otro modo más oportuno.

A) CAPELLANES O MISIONEROS

35. Reciben el apelativo de Capellanes o Misioneros de migrantes los sacerdotes que han recibido legitimo mandato de la autoridad eclesiástica para ejercer el cuidado espiritual de los migrantes que utilizan su idioma propio.

36. § 1. Los sacerdotes que desean consagrarse a la atención espiritual de los migrantes deberán contar previamente con la necesaria autorización de sus Ordinarios; y después se pondrán a disposición de la Conferencia Episcopal de su propio país o de los Organismos responsabilizados por ella al efecto.

§ 2. Exceptuando aquellos casos en los que especiales circunstancias exijan que la Sagrada Congregación para los Obispos otorgue el Rescripto de nombramiento, corresponde a la Conferencia Episcopal del país de origen dotar a estos sacerdotes de un fehaciente documento que acredite su designación y presentarlos a la Conferencia Episcopal del país en el que van a ejercer su ministerio. Esta Conferencia, previa aceptación de los Capellanes o Misioneros, los confiará a los Ordinarios del lugar para que éstos, a su vez, los responsabilicen de la asistencia espiritual de los migrantes.

§ 3. En relación con los religiosos, que se dedican a la asistencia de los migrantes, se establecen normas peculiares en el Capítulo VI-

§ 4. Encomiéndese la asistencia espiritual de los migrantes, en la medida de lo posible, a sacerdotes debidamente preparados para este ministerio durante un adecuado período de tiempo y que se estimen idóneos para tan importante tarea por su virtud, doctrina, dominio de idiomas y otras dotes de espíritu.

37. § 1. El Capellán o Misionero de migrantes permanece incardinado a su diócesis de origen, a la que podrá reintegrarse, a juicio y con el consentimiento de los Superiores competentes. Obtenido este permiso, el Capellán gozará en su diócesis de origen de todos los derechos que hubiera tenido si hubiese permanecido ejerciendo el ministerio en la misma.

§ 2. El Capellán o Misionero de migrantes, en el desempeño de este cargo, depende de la jurisdicción del Ordinario del lugar tanto en el ejercicio de su ministerio como en la observancia de la disciplina.

§ 3. En lo relativo a la administración de los bienes materiales, los Capellanes o Misioneros de migrantes, previo el informe favorable del Director Nacional, están obligados a obtener del Ordinario del lugar autorización para realizar cualquier iniciativa que tenga repercusiones de carácter económico y dará fiel cuenta de ello al final de cada año.

38. El Capellán o Misionero, al que se le ha confiado una parroquia personal, tiene igual potestad que un párroco, con las mismas facultades y deberes inherentes a este cargo, propias del párroco territorial por derecho común. A pesar de carecer aquel de jurisdicción territorial, tendrá también facultad de administrar a sus fíeles el Sacramento de la Confirmación, en peligro de muerte.

39. § 1. El Capellán o Misionero, al que se le ha confiado una misión con cura de almas, tiene potestad propia y, hechas las oportunas distinciones, se equipara al párroco.

§ 2. Esta potestad es personal; se extiende, por tanto, a las personas de los migrantes del mismo idioma y se deberá ejercer solamente dentro de los límites geográficos de la misión.

§ 3. Esta potestad, sin embargo, es cumulativa con la del párroco territorial en igualdad de derecho. Por consiguiente, todo migrante tiene plena opción para acudir bien al Capellán o Misionero de su idioma bien al Párroco territorial para la celebración de los Sacramentos, incluso el del Matrimonio.

§ 4. Por último, además de las atribuciones que corresponden al párroco territorial por derecho común, el Capellán o Misionero de migrantes tiene otros derechos y obligaciones. En relación con los derechos, deben ser enumerados los siguientes:

a) La potestad de administrar a sus súbditos, o sea, a los fieles del mismo idioma que se hallan en peligro de muerte, el Sacramento de la Confirmación, a tenor del Decreto Spiritus Sancti Munera;

b) la potestad de asistir válidamente al Matrimonio, dentro de los límites de la demarcación misionera, cuando uno de los novios habla el mismo idioma, guardándose las demás normas canónicas, incluso las que el Código de Derecho Canónico establece para la licitud, y las disposiciones relativas a la investigación sobre e! estado de los contrayentes.

En cuanto a las obligaciones, deben ser enumeradas las siguientes:

a) En el ejercicio del sagrado ministerio cerca de los fieles de su idioma, tendrán los mismos deberes atribuidos por el Código de Derecho Canónico al Párroco territorial.

b) De modo especial, la obligación de:

1. residir en el territorio asignado, a tenor de las normas de los sagrados cánones;

2. llevar libros parroquiales, según lo dispuesto por el Código de Derecho Canónico; copia auténtica de los mismos enviará, al fin de cada año, al Párroco territorial.

c) No están obligados a celebrar la Misa “pro populo”, preceptuada por el derecho común.

§ 5. Los sacerdotes designados como auxiliares del Capellán o Misionero que tiene confiada una misión con cura de almas, poseen los mismos derechos y obligaciones de un Vicario cooperador, hechas las oportunas distinciones.

40. § 1. El Ordinario del lugar, allí donde no pueda establecer una misión con cura de almas, concederá al Capellán o Misionero las facultades oportunas para que los migrantes del mismo idioma, establecidos en un territorio que estará bien determinado, puedan disfrutar de los auxilios de su ministerio.

§ 2. En estas circunstancias, procuren los Obispos señalar con toda precisión los deberes y derechos del Capellán o Misionero y conciliarlos con los que poseen los Párrocos territoriales en virtud del cargo.

41. Al Capellán o Misionero de migrantes, legítimamente nombrado Vicario cooperador de una sola o de varias parroquias, se le concederán los medios y el tiempo conveniente para que los migrantes obtenga, en abundancia, de su ministerio los tan deseados frutos.

42. Los Capellanes o Misioneros de migrantes, sea cual fuere la consideración jurídica que se les haya otorgado como tales, abstracción hecha también de la clase de asistencia que presten a los migrantes por mandato expreso del Ordinario, se esforzarán por vincularse cordial y efectivamente y acomodarse a la diócesis en la que ejercen su sagrado ministerio; durante su permanencia en ella, consideren y traten al Ordinario del lugar como suyo propio; observen cuidadosamente las normas pastorales diocesanas; unidos en fraternal concordia con los sacerdotes de las diócesis, en especial con los Párrocos, trabajen por la salvación de las almas; acudan a las reuniones de carácter diocesano; asistan con asiduidad a las conferencias sobre moral y liturgia. Esta unión de espíritus y de tareas compartidas será para los migrantes un testimonio preclaro de adaptación y de colaboración.

43. § 1. Los Ordinarios del lugar y los Párrocos tratarán con exquisita caridad a los Capellanes o Misioneros de migrantes, y les ayudarán gustosamente para que el ejercicio de tan difícil ministerio aproveche a tas almas que se les han confiado; procurarán, pues, que se les concedan las mismas condiciones favorables de las que disfrutan los demás sacerdotes de la diócesis, así como también los mismos derechos y garantías de carácter económico.

§ 2. Es de justicia que representantes de los Capellanes o Misioneros de migrantes formen también parte del Consejo Presbiteral.

§ 3. Convendrá que los privilegios y facultades que pueden conceder los Ordinarios a los sacerdotes de sus respectivas diócesis, según la Carta Apostólica Pastora/e munus, se otorguen igualmente a los Capellanes o Misioneros de migrantes, cuando lo recomienden las circunstancias.

§ 4. A los Capellanes o Misioneros les está permitido ausentarse de la misión por espacio de un mes al año, con tal que resulten atendidas las necesidades de las almas, mediante un sacerdote aprobado por el Ordinario del lugar.

B) DELEGADOS PARA LOS CAPELLANES O MISIONEROS

44. § 1. Es de desear que, en las naciones en lasque ejercen su ministerio varios Capellanes o Misioneros de migrantes del mismo idioma, uno de los ellos sea nombrado Delegado para los Capellanes o Misioneros.

§ 2. El Delegado para los Capellanes o Misioneros es elegido, de acuerdo con las Conferencias Episcopales interesadas, por la Conferencia de la nación en la que dicho Delegado ejercerá su ministerio.

45. El Delegado para los Capellanes o Misioneros no tiene, en virtud del cargo, ninguna potestad, ni territorial ni personal.

46. Corresponde al Delegado para los Capellanes o Misioneros de migrantes, previa consulta a los respectivos Ordinarios del lugar:

1) Mantener relaciones con los Obispos de la nación o de la región en la que los Capellanes o Misioneros de migrantes residen de modo estable, y también con aquellos otros a los que deba recurrir en virtud de su cargo, en todo lo referente al bien espiritual de los migrantes de su nación o idioma.

2) Dirigir a los Capellanes o Misioneros, respetando el derecho de los Ordinarios y de los Superiores religiosos.

47. § 1. El Delegado, por tanto, procurará:

a) que los Capellanes o Misioneros observen una vida conforme a las normas de los sagrados cánones y que cumplan diligentemente con sus deberes;

b) que se respete cuidadosamente el decoro y la limpieza de las iglesias o capillas u oratorios y el de los objetos sagrados, especialmente en lo que concierne a la custodia del Santísimo Sacramento y a la celebración de la Misa;

c) que se cumplan fielmente los decretos de las Conferencias Episcopales o de los Ordinarios del lugar;

d) que se celebren las funciones sagradas según las prescripciones litúrgicas y los Decretos de la Sagrada Congregación para el Culto divino; que se administren con diligencia los bienes eclesiásticos y las cargas anejas a los mismos, en particular las que se refieren a Misas; que sean debidamente escritos y guardados los libros parroquiales, a los que hace referencia la presente Instrucción en el número 39. § 4., b) 2).

§ 2. El Delegado debe visitar con frecuencia las misiones, para cerciorarse del cumplimiento de todas estas disposiciones.

§ 3. Corresponde también al Delegado visitar al Capellán o Misionero cuando esta enfermo y procurar que no carezca de ayuda tanto material como espiritual, ni del oportuno funeral en caso de defunción; y velar para que, durante la enfermedad por causa del fallecimiento, no se pierdan o sean llevados a otra parte los libros, documentos u otras cosas pertenecientes a la misión.

§ 4. Los deberes reseñados en § 1 – 3 los ejerce cumulativamente con la Autoridad competente del lugar.

48. El Delegado, con el beneplácito de la Autoridad componte, podrá convocar a los Capellanes o Misioneros en determinadas ocasiones, principalmente para practicar en común ejercicios espirituales y para dialogar sobre los métodos más idóneos a adoptar en su ministerio. Pero, antes de poner en práctica cualquier voto o conclusión, deberán comunicárselo a la Autoridad para su oportuna aprobación.

49. Conviene que, al tratarse del nombramiento, traslado o destitución de Capellanes o Misioneros así como también de la erección de nuevas misiones, sean consultados los Delegados.

50. Las Conferencias Episcopales del lugar y también los Obispos, en sus propias “diócesis, podrán otorgar al Delegado facultades más amplias, si lo exigen las circunstancias o las necesidades.

51. El Delegado, por lo menos una vez al año, dará cuenta a la Conferencia Episcopal tanto del lugar como a la de su país de origen, a través del Director Nacional, sobre el apostolado ejercido entre los migrantes, señalando los progresos y las dificultades.

Capítulo VI

RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS

Atendiendo señaladamente a las urgentes necesidades de las almas y a la escasez de clero diocesano, los Institutos religiosos que no se consagran a la vida puramente contemplativa pueden ser llamados por los Obispos para que presten su ayuda en los varios ministerios pastorales, teniendo, sin embargo, en cuenta la índole de cada Instituto; a fin de prestar esa ayuda, muéstrense también favorables los Superiores, según sus fuerzas, a la aceptación, incluso temporal, de parroquias.

52. Los Institutos de vida común disponen con frecuencia de miembros procedentes de diferentes países y de lejanas localizaciones apostólicas, dotados de una diferente preparación. Pueden, por consiguiente, utilizar sacerdotes y colaboradores provistos de una peculiar y conveniente formación y trasladarlos con mayor facilidad de un lugar a otro. Por esta razón, los referidos Institutos pueden aportar una muy notable contribución a la asistencia pastoral de los migrantes.

53. § 1. Se debe considerar como de relevante importancia, a este propósito, la labor realizada por los Institutos que, mediante votos de religión, tienen por fin propio y peculiar e) apostolado en favor de los migrantes, tales como la Congregación de Misioneros de San Carlos, o Scalabnnianos, la Sociedad de Cristo para los migrantes polacos, la Pía Sociedad de San Pablo para los migrantes malteses.

§ 2. Los demás Institutos, que no tienen como fin propio el apostolado entre los migrantes, prestarán muy oportuna y laudablemente ayuda a estos fieles, dedicándose a actividades, dentro de esta línea, en consonancia con la naturaleza y fines de cada uno.

§ 3. Si el Ordinario del lugar desea encomendar la asistencia de los migrantes a un Instituto religioso, guardadas las demás normas canónicas, será preciso estipular un acuerdo escrito entre aquél y el Superior del Instituto, tratando simultáneamente el asunto con la Conferencia Episcopal o con los organismos episcopales que en la nación de origen de los migrantes promueven la asistencia espiritual de los mismos.

§ 4. Aun tratándose de Institutos, que tengan como fin peculiar la asistencia de los migrantes, las actividades y proyectos en beneficio de los mismos se hallarán sometidos a la autoridad y dirección del Ordinario del lugar, permaneciendo firme el derecho de los Superiores religiosos de vigilar la conducta de sus súbditos y también, cumulativamente con el Ordinario del lugar, el cumplimiento de las obligaciones que en este orden de cosas se les han encomendado.

§ 5. Cuando se responsabiliza de la asistencia espiritual de los migrantes a un solo religioso, obténgase siempre de antemano el permiso de su Superior y establézcase antes por escrito las necesarias estipulaciones, a tenor, hechas las oportunas distinciones, de lo establecido en el artículo 36, al tratar de los sacerdotes diocesanos.

54. § 1. El apostolado entre los migrantes se halla frecuentemente relacionado con muy variadas obras de beneficiencia y muy abundantes actividades de índole caritativa. En este aspecto, es muy recomendable y objeto de gran estima la ayuda prestada por Institutos religiosos femeninos, en especial por aquellos que tienen como finalidad propia este ministerio. Para que sean más abundantes los frutos, no debe faltar a estos Institutos la adecuada asistencia espiritual, salvado plenamente su propio derecho y habida cuenta de su índole peculiar, ni tampoco los suficientes medios materiales.

§ 2. Es de desear que cada día se conozca y promueva con mayor amplitud este apostolado específico en los Institutos religiosos femeninos.

55. § 1. Según el espíritu del Concilio Vaticano II, se deberán promover y fomentar, a impulso de los Obispos y de los Superiores religiosos, una constante cooperación y fraterna concordia entre los Institutos religiosos masculinos y femeninos, el clero y las piadosas asociaciones diocesanas e interdiocesanas de laicos.

§ 2. Todos los religiosos deben estar sujetos a las normas del Ordinario del lugar en el ejercicio de su apostolado entre los migrantes y los demás fieles.

§ 3. Si en el ejercicio de este apostolado, algo afecta directa o indirectamente al orden de la casa y de la comunidad religiosa, se establecerán los oportunos acuerdos, por mediación de los Superiores competentes, entre los religiosos y los Ordinarios det lugar y las demás Instituciones responsables de las obras migratorias.

Capítulo VIl

LA PARTICIPACION DE LOS LAICOS

Es preciso, sin embargo, que los seglares acepten como obligación propia el instaurar el orden temporal y el actuar directamente y de forma concreta en dicho orden, dirigidos por la luz del Evangelio y la mente de la Iglesia y movidos por la caridad cristiana: el cooperar, como conciudadanos que son de los demás, con su especifica pericia y propia responsabilidad y el buscar en todas partes y en todo la justicia del reino de Dios.

Entre los signos de nuestro tiempo hay que mencionar especialmente el creciente e ineluctable sentido de la solidaridad de todos los pueblos. Es misión del apostolado seglar promover solícitamente este sentido de solidaridad y convertirlo en sincero y auténtico afecto de fraternidad. Los seglares deben ser, además, conscientes del cambio internacional y de los problemas y soluciones, así doctrinales como prácticos, que en él se producen, sobre todo respecto a los pueblos en vías de desarrollo.

56. Sin la cooperación de los laicos no pueden resolverse gran número de problemas originados por la movilidad de los pueblos. La Iglesia, por tanto, al proponerse atender a las necesidades pastorales de los migrantes, exhorta vehementemente a todo el pueblo de Dios y especialmente a los fieles seglares con vocación apostólica a que, cumpliendo con las responsabilidades asumidas, colaboren con ánimo esfozado en la renovación de todo el mundo y en la práctica de los deberes impuestos por la verdad, la justicia y la caridad.

57. Las migraciones, ya consideremos a las personas que abandonan su patria, ya a los nativos que los reciben en la suya, comportan una nueva forma de convivencia con personas anteriormente desconocidas; comienza ya aquí el papel de los laicos: acogidos como hermanos, los migrantes no deben ser considerados como meros instrumentos de producción, sino como seres dotados de dignidad humana y como colaboradores de unas nuevas y más amplias relaciones entre los hombres. Como, además, se hallan relacionados con los migrantes los problemas de alojamiento, trabajo, seguridad social y todos los derivados de la diversidad de estirpe, idioma y cultura, procuren los laicos que se hallen soluciones acordes con las exigencias de la caridad y también con las de la justicia y la equidad, evitando que la vida de estas personas y la de sus familias llegue a ser insegura y precaria, mientras progresa la economía del país favorecida precisamente por esta movilidad de masas. También corresponde a los laicos procurar que estos derechos, en especial el relativo a la unión familiar, sean reconocidos y protegidos por las leyes y que se evite cuidadosamente cualquier discriminación en esta materia.

58. No es menos necesario el auxilio de los laicos en la promoción de la evangelización de los migrantes: ayuden a los Capellanes o Misioneros, para facilitarles el contacto con los migrantes distantes o dispersos; para que éstos participen activamente en la liturgia, de modo que el culto divino resulte atrayente; no descuiden, cuando se ofrezca la ocasión, difundir la palabra de Dios en los distintos grupos étnicos de la manera que le es propia al seglar. Todo lo cual es más urgente cuando, por razones de lejanía o dispersión de los migrantes o por falta de clero de su país de origen o del lugar, los migrantes se hallan privados totalmente de asistencia religiosa. Cuando se dan estas circunstancias, procuren localizarlos, recibirlos amistosamente, animarlos y encaminarlos a la Iglesia local.

Esta tarea apostólica corresponde especialmente a aquellos laicos que en las migraciones, en las oficinas o en los lugares de trabajo viven en contacto más directo con no católicos, con no cristianos o con no creyentes; objeto de particular solicitud serán los jóvenes que estudian en las Universidades. Para ello, los laicos cuentan frecuentemente con oportunidades de las que carece el Capellán o Misionero de migrantes: llevando una vida realmente católica y manifestando un auténtico celo apostólico, como conciudadanos que son de los demás, con su especifica pericia y propia responsabilidad pueden suplir con eficacia lo que falta a los hermanos en el sacerdocio.

59. Los laicos que ocupan puestos públicos de especial responsabilidad, conscientes de ios bienes que reporta la diversidad cultural de los migrantes, esfuércense para que los Estados y sus gobernantes reconozcan este hecho y promuevan activamente todo aquello que sirva a la mutua colaboración y a la coexistencia entre los distintos grupos étnicos.

Los seglares que tengan mayores posibilidades de influir en el común pensar y sentir de la colectividad, procuren formar una conciencia pública, necesaria para conseguir esta finalidad.

60. Donde los migrantes sean bastante numerosos, otórgueseles la posibilidad de participar en los consejos pastorales diocesanos o parroquiales, de modo que se logre su inserción efectiva en las estructuras de la Iglesia local.

61. Por idéntica razón, y con mayor motivo que si se tratara de personas particulares, las asociaciones católicas se preocuparán esforzadamente por los migrantes que carecen de alojamiento, trabajo, enseñanza y demás cosas necesarias para la vida. En especial, téngase presente cuan importante es otorgar a los migrantes oportunidad para perfeccionar su formación profesional o para adquirir una nueva calificación, valiéndose especialmente de Instituciones ya existentes. Las Asociaciones católicas presten ayuda a las Oficinas establecidas en la Curia diocesana o a nivel parroquial para el servicio de los migrantes.

Invítese a todos los migrantes a pertenecer a algún grupo o asociación de apostolado seglar, sirviéndose para ello de la colaboración de los que en su patria de origen fueron ya miembros de alguna asociación.

Aunque los migrantes pueden tener sus propias asociaciones, otórgueseles a algunos de sus miembros la oportunidad de inscribirse en asociaciones (o sindicatos) del país: de esta manera se establece entre los distintos grupos étnicos un puente que unirá a ambas partes. Sin embargo, no sólo se ha de promover la participación de individuos en las asociaciones locales, sino que parece oportuno que se favorezca la cooperación, a nivel de grupo, entre las asociaciones que promueven el apostolado seglar, tanto en los países de origen como en los de acogida.

Con todo lo arriba expuesto – reservando para ulteriores Instrucciones peculiares la revisión de la normativa concerniente a las migraciones de sacerdotes a ultramar y de su incardinación en las diócesis de aquellos países, así como la referente a las funciones de los capellanes de barco y de sus Directores y la relativa al Colegio Pontificio de Sacerdotes para los Italianos que emigran al exterior- esperamos muy confiadamente que la asistencia espiritual de los migrantes, suficientemente organizada y acomodada a las circunstancias actuales por esta Instrucción, producirá, con el auxilio divino, cada vez más abundantes beneficios a las almas y promoverán felizmente en todas partes sentimientos de concordia y de fraternidad entre los hombres, hijos amantísimos de un único Padre.

Dado en Roma, en la sede la Sagrada Congregación para los Obispos, el día 22 de agosto de 1969.

CARLOS Card. CONFALONIERI
Prefecto

+ ERNESTO CIVARD1
Arzobispo titular de Sárdica
Secretario

JOSE ZAGON
Delegado de Obras para la
Migraciones

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